Callejero Cultural. Vicente Blasco Ibáñez

Hay escritores que se pasan la vida entera encerrados en un despacho esperando a que baje la musa, y luego está Vicente Blasco Ibáñez, que básicamente escribía para financiarse una existencia de pura adrenalina. Este valenciano, nacido a principios de 1867, fue de todo antes que el típico intelectual de salón: se batió en duelos a pistola, pisó la cárcel por sus ideas políticas, intentó colonizar tierras salvajes y acabó convertido en la primera superestrella global de nuestras letras. Mucho antes de que inventáramos el concepto de éxito de ventas, él ya reventaba el mercado editorial y firmaba contratos millonarios en Hollywood.

En realidad, en su casa esperaban que se ganara la vida como un abogado formal y respetable. Sin embargo, a él le hervía la sangre con la política y la calle. Siendo muy joven se lanzó al periodismo y fundó el periódico El Pueblo (1894-1936), un diario republicano desde el que se criticaba con dureza a la monarquía y a los caciques de la época. Aquella rebeldía le costó varios exilios y más de un susto serio, pero no le frenó el pulso. Entre escaramuzas y mítines, empezó a retratar las tripas de su tierra natal. Con una prosa descarnada, casi como si pintara a brochazos gruesos, plasmó la dureza de la huerta en novelas como La barraca (1898) y Cañas y barro (1902). No quería escribir cosas amables; quería mostrar el barro, el sudor y la asfixia de los más humildes, logrando hacerse un nombre de peso en España.

Pero el cuerpo le pedía mucha más marcha, y aquí es donde entra uno de los capítulos más rocambolescos y menos conocidos de su trayectoria. En 1909, en la cima de su éxito nacional, le dio un ataque de quijotismo, cruzó el Atlántico y compró hectáreas y hectáreas en Argentina para fundar dos colonias agrícolas llamadas Nueva Valencia y Cervantes. Quería ser un pionero, pero la aventura fue un desastre sin paliativos. Se arruinó por completo. Lo irónico del asunto es que aquel monumental batacazo económico terminó siendo su billete a la fama mundial, ya que se vio obligado a regresar a Europa y escribir a destajo para tapar el agujero millonario que había creado.

Esa necesidad urgente de hacer caja lo pilló en París justo cuando estallaba la Primera Guerra Mundial. Cubrió el conflicto como corresponsal y de ahí sacó el material para Los cuatro jinetes del apocalipsis (1916). Lo que pasó con esa novela no tiene nombre. Arrasó de forma brutal en Estados Unidos y lo transformó en una celebridad internacional de la noche a la mañana. La incipiente industria de Hollywood le puso un puente de plata y adaptó varias de sus obras al cine mudo, convirtiendo a actores como Rodolfo Valentino en auténticos mitos gracias a cintas basadas en Sangre y arena (una novela taurina que Blasco ya había publicado antes, en 1908). Cobrando verdaderas fortunas en derechos de autor, el antiguo agitador callejero pasó sus últimos años viviendo a cuerpo de rey en "Fontana Rosa", una fastuosa finca llena de jardines que se hizo construir en Menton, en la Costa Azul francesa, donde falleció en enero de 1928.

Estuvo treinta veces en prisión De activista a diputado en las Cortes Generales
Según el propio Blasco Ibáñez, sus discursos y artículos le llevaron a la cárcel una treintena de veces por manifestarse contra la monarquía y la Iglesia. Desde 1892 lideró un movimiento popular revolucionario basado en las ideas del republicanismo, el anticlericalismo, el reformismo económico y la soberanía popular directa. Fue elegido diputado a Cortes siete veces por el Partido de Unión Republicana Autonomista (PURA) entre 1901 y 1923.