Su nombre completo es Félix Rubén García Sarmiento, pero todo el mundo le conoce como Rubén Darío. Lo de apellidarse Darío lo sacó del nombre por el que se conocía a su familia paterna, "los Daríos". Nació el 18 de enero de 1867 en Metapa, un pueblo nicaragüense muy pequeño que hoy lleva su nombre: Ciudad Darío, y creció en el municipio de León con unos tíos abuelos que lo criaron entre libros viejos y versos que él aprendía casi sin proponérselo. Este genio no solo desempolvó la poesía en español, que por aquel entonces andaba bastante estancada y falta de chispa, sino que le inyectó una sobredosis de color, musicalidad y exotismo. Lo hizo con un descaro tan brillante que acabó convirtiéndose en el padre de un movimiento literario, el Modernismo, y se convirtió en una especie de estrella de rock de las letras hispanas.
Su precocidad asustaba un poco a quienes lo rodeaban. Aprendió a leer con apenas tres años y, antes de llegar a la adolescencia, ya publicaba sus propios versos en los periódicos locales, ganándose el apodo de "el niño poeta", pero el verdadero punto de inflexión en su trayectoria no ocurrió en su tierra, sino en Chile. Allí viajó de joven buscando horizontes más amplios y, mientras se ganaba el pan a duras penas trabajando como periodista, logró publicar en 1888 un librito de cuentos y poemas titulado Azul... Aquella obra, con sus princesas, cisnes y ambientes refinados, fue un auténtico bombazo que le voló la cabeza a los escritores de la época y le abrió de golpe las puertas de todo el mundo hispanohablante.
A partir de ahí, su carrera profesional se transformó en un no parar de viajes, corresponsalías de prensa y cargos diplomáticos. Cruzó el charco, se codeó con la intelectualidad en Europa y Argentina, y escribió artículos formidables para el influyente diario La Nación. Su habilidad para tejer versos con un ritmo hipnótico, casi musical, alcanzó la cumbre con Prosas profanas y otros poemas (1896). Con ese libro se coronó definitivamente como el rey indiscutible de la poesía. Todos los jóvenes autores de España y América, desde Juan Ramón Jiménez hasta los hermanos Machado, querían escribir como él, imitando ese lenguaje lleno de joyas y referencias mitológicas.
Pero aquí asoma la gran contradicción de su biografía, un detalle que choca frontalmente con el lujo de sus versos. Mientras su literatura rebosaba palacios de mármol y sedas orientales, su vida real era un absoluto desastre financiero. Era un hombre bohemio hasta la médula, incapaz de gestionar un sueldo y con un severo problema de alcoholismo. Como anécdota curiosa de su caótico currículum laboral, llegó a ejercer en Buenos Aires como cónsul... ¡de Colombia! Evidentemente no era colombiano, pero el presidente de aquel país admiraba tanto su obra que se inventó el cargo simplemente para echarle un cable económico y que el poeta tuviera algo de dinero fijo a fin de mes.
Con el paso de los años, el escritor vitalista y fiestero fue dejando paso a un hombre mucho más cansado, desgastado por los excesos. Esa madurez amarga y reflexiva cristalizó en su última obra cumbre, Cantos de vida y esperanza (1905), donde se desnuda frente al lector y habla de sus propios demonios con una sinceridad brutal. Finalmente, con la salud totalmente arruinada, regresó a la ciudad donde pasó su infancia en Nicaragua para apagar su voz el 6 de febrero de 1916.
| Un amor de adolescencia | Su producción literaria más desconocida |
| Con trece años se enamoró de la trapecista norteamericana Hortensia Buislay hasta el punto de querer irse con ella en el circo. Se presentó a una audición para ser payaso, pero no pasó la prueba. | Padeció un temor cerval a los espíritus, lo que lo llevó a interesarse apasionadamente por la astrología, el esoterismo y las ciencias ocultas. Esta faceta oscura inspiró varios de sus relatos fantásticos menos divulgados, donde cultivó el misterio y el horror psicológico con una maestría sorprendente. |