Pío Baroja, nacido en San Sebastián a finales de 1872, era exactamente lo contrario a la imagen del escritor clásico español que todos podemos tener en la mente de un señor solemne, estirado y rodeado de lujos. Baroja era un hombre con fama de cascarrabias, pesimista crónico y que rara vez se quitaba la boina; pero detrás de esa fachada de oso gruñón se escondía uno de los observadores más agudos que ha dado nuestra literatura. En lugar de enredarse con palabras rebuscadas, decidió que sus novelas debían leerse igual que se camina por la calle: rápido, sin rodeos y yendo directamente al grano. Esa sinceridad brutal y sin filtros lo acabó convirtiendo en uno de los gigantes indiscutibles de la Generación del 98.
Lo más curioso de su biografía es que Baroja no tenía nada claro que quisiera vivir de la pluma, y de joven dio bastantes tumbos. Estudió Medicina y llegó a ejercer como médico rural en el pueblo guipuzcoano de Cestona. Sin embargo, lidiar a diario con las intrigas del pueblo y el dolor ajeno lo asqueó profundamente, así que colgó la bata sin mirar atrás. ¿Y qué hizo entonces? Pues marcharse a Madrid para ponerse al frente de un negocio familiar: la famosa panadería Viena Capellanes. Aquello le valió bastantes bromas en los elitistas círculos literarios de la capital. El poeta Rubén Darío, por ejemplo, llegó a decir con sorna que don Pío era "un escritor con mucha miga" y "un panadero". Pero a él le dio exactamente igual. Mientras gestionaba amasijos y hornos, empezó a devorar libros y a escribir en serio.
Su despegue literario fue arrollador y demostró una capacidad de trabajo sobrehumana, llegando a publicar un centenar de libros. Baroja pateaba los barrios más pobres de Madrid, fijándose en los mendigos, los buscavidas y toda esa gente corriente que nadie más se paraba a mirar. Esa crudeza la volcó en la que para muchos es una de sus obras cumbre: La busca, publicada en 1904. Su estilo enganchaba por su aparente dejadez; a él le importaba más la fuerza de la acción y la psicología de sus personajes que escribir "bonito". Esa forma directa de contar las cosas brilló en novelas de aventuras inolvidables como Zalacaín el aventurero (1909) y, muy especialmente, en su obra maestra absoluta, El árbol de la ciencia (1911), una novela con fuertes tintes autobiográficos donde plasmó toda la desilusión de su época.
Nunca llegó a casarse, vivió casi toda su vida con su hermana Carmen y se ganó a pulso su reputación de misántropo. Decía que no le gustaba casi nadie: ni los políticos, ni los curas, ni los militares, y mucho menos sus colegas de profesión. Sin embargo, su influencia cruzó fronteras de una forma asombrosa, dejándonos una anécdota fascinante. En octubre de 1956, cuando Baroja estaba ya postrado en la cama a punto de morir en su casa de la calle Ruiz de Alarcón, recibió la visita por sorpresa de Ernest Hemingway, que le regaló un chaleco, unos calcetines, una botella de whisky y un ejemplar de su novela Fiesta con una dedicatoria. El gigante estadounidense, que acababa de ganar el Premio Nobel, se acercó a su lecho y le dijo: "Permítame pagarle este tributo. Usted merecía el Premio Nobel mucho más que yo".
Días después de aquel emocionante y sincero reconocimiento, el 30 de octubre de 1956, el viejo novelista falleció en Madrid. Fiel a su estilo rebelde y anticlerical hasta el último suspiro, fue enterrado en el cementerio civil bajo una lluvia torrencial. Su ataúd lo llevaron a hombros, entre otros, el propio Hemingway y un joven Camilo José Cela.
| El "hombre malo de Itzea" | Su vida en el exilio |
| En 1912 compró la casona de Itzea, en Vera de Bidasoa (Navarra) donde vivió sus hermanos Carmen y Ricardo. Así le llamaban los niños que rondaban su caserío por su carácter hosco y malhumorado. | Durante la Guerra Civil pasó casi tres años en el Colegio de España de París, donde coincidió con otros intelectuales de la época como Américo Castro, Blas Cabrera o Severo Ochoa. Para sobrevivir, escribió artículos para el periódico argentino La Nación. |