Callejero Cultural. Jacinto Benavente

Jacinto Benavente nació el 12 de agosto de 1866 en Madrid. Su padre era Mariano Benavente, el pediatra más famoso de Madrid, lo que le garantizó una infancia cómoda y una excelente educación. Como mandaban los cánones, el joven Jacinto se matriculó en Derecho, pero las leyes le aburrían soberanamente. Cuando su padre falleció, descubrió que la herencia le permitía vivir sin agobios, así que le dio un carpetazo a la universidad y se lanzó de cabeza a lo que de verdad le apasionaba: los teatros, las tertulias de los cafés y la vida bohemia.

Su trayectoria profesional fue un asalto calculado a los escenarios. A finales del siglo XIX, el público español estaba enganchado a los culebrones lacrimógenos de José Echegaray, pero Benavente introdujo un estilo que rompió los esquemas; se dio cuenta de que la gente normal no hablaba declamando como si estuviera declamando una profecía en el salón de su casa y decidió que ya era hora de que los actores se comportaran como seres humanos reales, revolucionando por completo la escena española y ganándose un hueco tan inmenso que acabaría alzándose con el Premio Nobel de Literatura. A menudo imaginamos el teatro del siglo XIX como un lugar de gritos, tremendos aspavientos y dramas donde siempre acababa muriendo alguien en el último acto. Hasta que apareció un madrileño de mirada afilada, siempre impecablemente vestido y con un puro en la boca, para mandar toda esa exageración al baúl de los recuerdos. Apostó por la comedia de salón, la sátira elegante y, sobre todo, unos diálogos ágiles, irónicos y cortantes como cuchillos.

Tras una primeras representaciones, la obra que lo llevó al éxito fue Los intereses creados, estrenada a finales de 1907. Usando a los clásicos personajes de la comedia del arte italiana, hizo una radiografía despiadada y divertidísima de la hipocresía humana. Años después, demostró que también dominaba el drama rural, dejando al público clavado en la butaca con La malquerida (1913), una obra tan brutal e intensa que acabó siendo adaptada al cine en Hollywood décadas más tarde.

Su biografía esconde una pasión oculta que casi nadie asocia con un sesudo dramaturgo: estaba absolutamente obsesionado con el mundo del circo. Le fascinaban tanto los trapecistas, los payasos y las fieras que no solo no se perdía un espectáculo, sino que según los mentideros de la época, en su juventud se fugó un tiempo para viajar de incógnito con una compañía circense por Europa. De hecho, su desapego por el protocolo oficial nos dejó una anécdota genial. Cuando la Academia Sueca le concedió el Premio Nobel en 1922, en lugar de ir a Estocolmo a codearse con la realeza y ponerse el frac para la ceremonia, Benavente estaba de gira teatral con la compañía de de la actriz Lola Membrives por América. Agradeció el galardón por telegrama y continuó con las actuaciones, priorizando el contacto directo con el público en los teatros por encima del glamour europeo. Para recoger el premio en su nombre, asistió a la gala el embajador de España en Suecia, Joaquín de Ezpeleta, conde de Torata.

Durante toda su carrera recibió críticas y hostilidades que tenían que ver con sus ideas políticas, desacuerdos sobre el valor de su teatro y rivalidades entre escritores. Ramón Pérez de Ayala, uno de sus detractores más persistentes, cuestionó el modelo dramático de Benavente en sus ensayos de crítica teatral, reunidos en Las máscaras, y llegó a calificar su teatro de «valor negativo» porque, a su juicio, partía de una concepción equivocada de la dramaturgia.

A pesar de las envidias que despertaba su lengua viperina y de las críticas de autores más jóvenes, nunca dejó de escribir. Siguió estrenando comedias con un ritmo frenético durante décadas, capeando los dramáticos temporales políticos de España con una habilidad camaleónica que a muchos les resultaba incómoda.

Murió en Madrid en julio de 1954 a los 87 años.

La repercusión en España por el Nobel Una forma de escribir muy particular
La prensa y distintos sectores le rindieron homenajes por el Nobel, que muchos presentaron como un triunfo de España; sin embargo, el recibimiento no fue completamente unánime porque también hubo hostilidad y críticas en los círculos literarios. Dado que en el siglo XIII los libros se leían en voz alta, Berceo redactaba sus obras pensando en la interpretación oral. Por eso incluía en sus textos llamadas de atención, usaba expresiones como «oíd, señores» e interrumpía la narración para crear expectación entre el público, tal y como hacían los juglares.