Bartolomé Esteban Murillo nació en Sevilla y lo bautizaron el 1 de enero de 1618. Su padre era barbero y cirujano. De su madre, María Pérez Murillo, tomó el apellido con el que firmó toda su vida. Era el benjamín de catorce hermanos y se quedó huérfano de padre y madre cuando tenía nueve años. Una hermana mayor, Ana, lo acogió en su casa y poco después entró de aprendiz en el taller de Juan del Castillo, donde empezó a familiarizarse con el oficio. Pero claro, había que llevar dinero a casa, así que durante su juventud Murillo se dedicó a patearse las ferias de Sevilla vendiendo cuadritos religiosos hechos a toda velocidad. Lejos de ser un trabajo menor, ese exigente "entrenamiento de calle" le dio una rapidez de ejecución y una soltura con los pinceles que acabarían marcando la diferencia.
Solemos imaginar la pintura del Siglo de Oro español como algo denso, lleno de fondos muy oscuros, santos sufriendo y cortesanos que jamás sonríen. Pero basta cruzarse con una obra de Murillo para que ese tópico se venga abajo de golpe. Este sevillano decidió ir por otro camino. En lugar de intentar sobrecogernos con escenas dramáticas, optó por ganarse al espectador a base de luz cálida, miradas pícaras y una ternura que entonces resultaba rompedora. Fue precisamente esa capacidad de darle calor humano a la pintura lo que, sumado a su enorme capacidad de trabajo, lo coronó como uno de los artistas más solicitados de Europa.
El punto de inflexión en su carrera como pintor llegó en 1645. Fue entonces cuando le encargaron una serie enorme de lienzos para el claustro del convento de San Francisco en Sevilla. Gustaron tanto que los encargos empezaron a lloverle sin parar. Lo más interesante de su trayectoria profesional es observar cómo fue puliendo su técnica con los años. Al principio tiraba mucho del claroscuro, recordando un poco al estilo duro de Zurbarán, pero a base de ensayo y error acabó desarrollando lo que hoy llamamos su estilo "vaporoso". Básicamente, aprendió a difuminar los contornos y a mezclar los tonos bajo una luz dorada y muy suave, logrando cumbres artísticas como la famosísima Inmaculada de los Venerables (también conocida como la "Inmaculada de Soult"), pintada hacia 1678, donde la Virgen casi parece flotar de verdad.
Aunque hoy lo asociamos de inmediato con esa temática religiosa, Murillo fue un pionero atreviéndose con asuntos que otros pintores de su época directamente ignoraban. Pintó la vida de la calle con un respeto y un realismo tremendos. Obras maestras como Niños comiendo uvas y melón (en torno a 1650), la maravillosa Mujeres en la ventana (hacia 1655) son auténticas fotografías costumbristas del siglo XVII que nos enseñan, sin filtros, cómo vivía la gente de a pie. Le importaba tanto su profesión y tenía tanto prestigio que en 1660 se remangó para junto a Francisco Herrera El Mozo la Academia de Pintura de Sevilla, la primera academia de arte española. Murillo la dirigió hasta su muerte con la idea de garantizar que los futuros artistas de la ciudad tuvieran un lugar donde formarse en condiciones.
El final de su biografía, sin embargo, esconde un detalle bastante trágico y fortuito que rara vez se comenta. En 1681, ya con más de sesenta años y cuando cualquier otro artista de su estatus habría optado por vivir cómodamente de las rentas, Murillo seguía buscando nuevos retos. Viajó a Cádiz para pintar un gigantesco retablo en el Convento de los Capuchinos. Mientras trabajaba subido a los andamios, totalmente concentrado en el enorme lienzo de Los desposorios de Santa Catalina, dio un paso en falso y se precipitó al vacío. Las brutales heridas internas que le provocó la caída lo obligaron a volver a su casa en Sevilla. Allí se fue apagando lentamente hasta fallecer unos meses después, en abril de 1682. Aquel cuadro gaditano quedó inacabado, pero él se despidió haciendo exactamente lo que amaba.
| Una vida familiar muy numerosa | Prácticamente no salió de Sevilla |
| Se casó en 1645 con Beatriz Cabrera y Villalobos, una mujer de posición social elevada, y tuvo con ella 10 hijos. Beatriz falleció en 1663 y no volvió a casarse nunca más. | Uno de los escasos viajes fuera de su ciudad natal fue en 1658 para ir a Madrid, donde pudo estudiar las colecciones reales y conocer obras de Velázquez, Rubens y Van Dyck. Este viaje transformó su estilo, que evolucionó hacia su característica "etapa vaporosa" con atmósferas luminosas y difuminadas. |